Llegué tarde. Sí. Llegué tarde y me quedé con la peor parte.
El día que llamaron a repartir, el sueño me entretuvo en uno de nuestros incoherentes coloquios.
Llegué desarmada, esperando recibir allí mi nueva sombra,
y aun con la respiración desbocada, escuché expectante mi sentencia:
En primer lugar, de mis progenitores, adquirí el miedo altivo y la gula austera.
Por suerte o por desgracia, la paciencia les acompañaba.
De sus antecesores, heredé el agobio egoísta y la pasión convencional.
De sus hermanas, la soberbia anarquista, y de sus hermanos la avaricia sibarita.
No eramos muchas a repartir, aunque tampoco teníamos muchos a los que cobrar.
Estos bienes me fueron entregados paulatinamente, a medida que llegaban, yo intentaba darles forma, o al menos un poco de gracia, pero mis intentos por malearlos fueron en vano, y se resistieron, como cualquier raíz estrecha hasta el más vasto de los suelos.
El día que llamaron a repartir llegué tarde, y me dejaron con lo peor de cada casa, con una vieja armadura desgastada.
Un hado del que huyo, una condena disfrazada de identidad, de la que algún día haré testamento, que hoy es huérfana y de la que soy valedora.
El día que llamaron a repartir, el sueño me entretuvo en uno de nuestros incoherentes coloquios.
Llegué desarmada, esperando recibir allí mi nueva sombra,
y aun con la respiración desbocada, escuché expectante mi sentencia:
En primer lugar, de mis progenitores, adquirí el miedo altivo y la gula austera.
Por suerte o por desgracia, la paciencia les acompañaba.
De sus antecesores, heredé el agobio egoísta y la pasión convencional.
De sus hermanas, la soberbia anarquista, y de sus hermanos la avaricia sibarita.
No eramos muchas a repartir, aunque tampoco teníamos muchos a los que cobrar.
Estos bienes me fueron entregados paulatinamente, a medida que llegaban, yo intentaba darles forma, o al menos un poco de gracia, pero mis intentos por malearlos fueron en vano, y se resistieron, como cualquier raíz estrecha hasta el más vasto de los suelos.
El día que llamaron a repartir llegué tarde, y me dejaron con lo peor de cada casa, con una vieja armadura desgastada.
Un hado del que huyo, una condena disfrazada de identidad, de la que algún día haré testamento, que hoy es huérfana y de la que soy valedora.
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