Un concepto antónimo a los lazos sanguíneos y legales a los que me referiré en esta entrada. Si me preguntan por mi “familia” mi mente únicamente lo ligará al núcleo formado por mis padres, hermanas y, ahora, Jara.
Todo esto se remonta a años luz. Pero como se trata de exponer mis vivencias comenzaré en el año 2000. Posiblemente mi primer recuerdo fue el de una discusión. Todos los participantes estaban ligados a nosotros por la rama materna. Se encontraban en la entrada del piso tercero de casa de la abuela en La Alberca. María y yo, con seis y cuatro años respectivamente, nos asomábamos por la puerta entrecerrada que separaba la sala de las escaleras. Las voces se elevaban, pero no discriminábamos una palabra. “Es mi culpa”, recuerdo decirle a María. “No, es la mía”, respondía ella.
Allí no había cabida para una disculpa por haber corrido, gritado, jugado o lo que quiera que hicieran dos niñas en su más tierna infancia, y más aún cuando la discusión parecía envalentonarse. Todo se resolvió con el abandono de la casa, continuar el verano en la casa del pueblo de mi padre y meses sin volver a saber de la familia de mamá.
La abuela siempre estuvo en casa, y yo era feliz de que así fuera. Pero cada vez que tenía que pasar una temporada en casa de… llamémoslo la casa roja, surgía un nuevo enfrentamiento, y mamá volvía siempre entre lágrimas a casa.
De las pocas veces que visité aquella casa apenas tengo recuerdo, pero la cabeza dominante de la misma, siempre se encargaba de recordarme la vez que les “dejé sin ensalada porque me serví toda en mi plato”, por tanto, inconscientemente he incorporado esa imagen a mi álbum. También recuerdo los llantos de la cabeza sumisa. Cómo se encerraba en su habitación mientras la dominante gritaba desde el otro lado de su puerta. Cuando esto ocurría, María siempre me ordenaba sentarme en el sofá, porque pronto volverían a buscarnos.
Otra casa, llamémosla gris, no vivía en la ciudad, pero de vez en cuando venía a visitarnos a casa. Odiaba que esto ocurriese porque significaría olor a tabaco constante, órdenes para que limpiara todo aquello desordenado y agónicos lamentos sobre su vida en la capital. Esta casa no era dominante en comparación con las otras, al contrario, era dependiente de la casa roja. Todo lo que la última dijese, diga, hiciese o haga, ella acataba y acata sin oponerse. Cuántas veces habré pensado “si supieras lo que dicen a tus espaldas” y habré callado. Sin embargo, a día de hoy, creo que siempre ha sido consciente.
A la tercera y última casa la llamaremos azul. Esta tampoco vivía en la ciudad. Estaba compuesta por dos miembros, de nuevo uno dominante y otro sumiso, y a su vez, era también una casa sumisa. Puesto que nunca se enfrentaron a la casa roja.
Los enfrentamientos eran directamente proporcionales a los lazos que el núcleo familiar intentaba estrechar, al igual que el mutismo y rendimiento de las casas gris y azul. Los motivos eran terriblemente absurdos, desde “no me has hecho caso en tu comunión” hasta “no me cogéis el teléfono y nunca nos llamáis”. Por desgracia mis antecesores caían en todos ellos desde “deja de jugar con tus primos un rato y ve a ver a la casa roja” hasta enseñar el historial de llamadas telefónicas. El día que intentaron poner fin a sus embestidas, sería el principio del fin.
Antes he de hacer un inciso y hablar del mayor vínculo que surgió entre las casas y del que fui yo protagonista. Mi relación con la cabeza sumisa de la casa azul. Jamás he sentido tanta admiración por una persona. Yo, que odio interaccionar a través de medios electrónicos con las personas, adoraba hablar con él por teléfono, que me contara qué libro había empezado, alguna anécdota de la que yo consideraba su idílica vida o qué iba a cocinar para cenar. Sin embargo, estas charlas solían reducirse al mínimo cuando la cabeza dominante de la casa azul estaba presente.
Con la cabeza sumisa azul hice un viaje: durante una semana peregrinamos a Santiago de Compostela. No recuerdo el nombre de apenas ningún pueblo en el que nos detuviésemos, pero sí de todas las aventuras que me relataba sobre su juventud y de los debates que, para mí, con 19 años, se comparaban con las clases magistrales de Aristóteles a Alejandro Magno. Por no hablar de cómo caímos rendidos ante la catedral de Santiago, porque jamás antes le había visto llorar.
El episodio que antecedía dos párrafos atrás tuvo lugar un Viernes Santo de la Semana Santa de 2018. Para variar llegaba tarde. Terminaba de arreglarme en el baño cuando Cristina me llamó. “Ya voy”, respondí. “Que no, que a Mamá le ha pasado algo”. Dos veces, y prácticamente seguidas, perdí el control de mi cuerpo esa mañana. Aquella fue la primera.
No sé si quien quiera que esté leyendo esto ha tratado con caballos, pero toda esta vida he podido identificar su temperamento con el de mi madre. No solo porque son animales naturalmente tranquilos, sino porque cuando ambos se desbocan, su instinto es huir.
Cuando llegué a la capilla un círculo de mujeres la rodeaba. “Ha venido a por ella”, me contextualizaba María “envalentonada y a voces, aunque Mamá intentara calmar su rebote, la ha perseguido e insultado. Entonces la cabeza sumisa de la casa roja ha salido por patas.” En aquel momento perdí toda noción del tiempo y del espacio. Senti que mi corazón palpitaba por cada poro de mi piel y mis pies comenzaron a trotar anárquicamente en una sola dirección.
Mil escenas tronaban en mi cabeza, todas más similares al estilo de Tarantino que de Woody Allen. Pero antes de llegar a mi destino, la cabeza dominante se interpuso en mi camino. “Dejadnos en paz”, le grité. Entonces ella levantó su mano derecha, sujetó mi brazo derecho y sentenció “a que te parto la cara”. Curioso el pasar del tiempo de aquella mañana y de mi serenidad una vez era consciente de que, por primera vez en mi vida, sí me iban a pegar a la salida. De repente, un brazo espontáneo cubrió mi pecho mientras gritaba “suéltala”.
La cabeza dominante despertó de su furia demedida viéndose rodeada de los testigos que se encontraban bajo el pórtico de la iglesia del solano cimero. “No te acuerdas, Marta”, se defendía mientras María me arrastraba de nuevo a la capilla para ponerme a salvo, “de cuánto te he querido”, y se lanzaba de nuevo a por mi brazo. “Que la sueltes”, respondía mi procuradora.
Una vez dentro los ojos desorbitados de mamá parecían no dejar de manar y volvimos a casa.
¿Qué se debe de sentir cuando, después de ser torturada una vida, puedes ver cómo tus hijas son víctimas de la misma violencia?
No recuerdo que mamá dejase de llorar en todo el día. Desesperada, llame al miembro más sumiso – sí, hay otro- de la casa roja. Tan sumiso que debería ser considerado mártir. Él, desde el coche, solo escuchó el mensaje titubeante que le lancé. “Cómo si fuésemos turistas”, “no podemos soportar ni un enfrentamiento más”. “Hablaré con ellas”, sentenciaba. La historia de este mártir es peor que la mía. Pero yo solo estoy aquí para dar mi alegato.
Aquel día no fuimos a misa, pero sí volvimos a la iglesia, cuando mamá estaba más tranquila, para recoger la capilla. Como dos alguaciles hacían guardia a la entrada, y de nuevo se lanzaron a nosotras como bestias a su presa. Las sentencias intimidatorias llamaron la atención del señor cura, el cual pidió silencio, y de una mujer del pueblo que ordenaba a mi madre que abandonase la iglesia. Mi madre, caminando en círculos para huir de la persecución de la cabeza sumisa, Cristina liberándose de los tentáculos de la cabeza dominante y María y yo posicionándonos como escudos en su defensa, llamamos la atención de más feligreses que consiguieron que la casa roja abandonase la iglesia.
Aquel día fue la vez primera que Cristina probó un alprazolam, y que yo tomé un número par.
No estaba segura, pero mi madre me animó a ello. “Llámale, a ti te escuchará”.
Sentada en las escaleras de la parte trasera de la iglesia marqué su número e inevitablemente sollozando le relaté lo acontecido. “No voy a pedir que te posiciones, pero jamás volverá a haber trato entre nosotros”. “Lo que me cuentas yo ya lo he vivido. Solo existe una posición”.
Respiré. Una parte de mi estaba aterrorizada por su posible respuesta. A pesar de la estrecha relación, le condenaban años de silencio en todo enfrentamiento.
Llegado el verano, sin embargo, pareció que sí jugaba en ambos equipos. Todo comenzó con llamadas ocupadas, con visitas interrumpidas y con rutas a las que ya había invitado a la casa roja. La última vez que recuerdo verle fue el día de la fiesta. Pasó por casa a dejar dinero, como el cristiano que va a misa una vez al año o “la visita del médico”, que bautizaba mi madre.
Siempre pensé que su modus operandi era producto del pánico, pero llegada a cierta edad la condeno de cobardía. Aquella persona capaz de justificar la violencia es instigadora de la misma. Por eso, tomé con él la misma postura que con la casa roja. El de la más absoluta indiferencia.
“Me ha bloqueado de Whatsapp, ella y uno de los miembros de tu núcleo familiar”, cuchicheaba en un velatorio. Siquiera me giré a defenderme. No quería relacionarme con quien yo consideraba un desertor. Más aún por la inutioidad de las misma: mensajes consistentes de fotos sacadas de internet.
Jamás me recuperé de aquello. Desde entonces, siempre hay cabida en mis pesadillas para cualquier miembro de la casa roja y azul. Revivo, duerma sola o acompañada, persecuciones y su desierto bullicio. Evito pasar delante de las casas y si he de hacerlo acelero el paso. Porque solo su presencia ahoga mis entrañas y empaña mi visión.
Nunca antes me habían roto el corazón. Nunca antes había sentido que un hombre podía traspasar mis cicatrices hasta dejarlas en carne viva. Nunca antes había sentido pánico por pensar que podremos volver a cruzarnos.
Desde entonces he sentido odio. En mayúsculas. Porque jamás deseé la muerte de nadie hasta entonces. Porque pensamientos se han colado más de una vez y han proyectado escenarios en los que era yo quien sembraba el pánico.
En cuanto a la casa gris, esta sigue tambaleándose por el viento que más golpea. Por mi parte, después que clamara que la casa roja eran sus valedores, no quise mantener negocio alguno con ella. Sé que intentó ponerse en contacto con nosotras, pero en silencio, no fuera a levantar sospechas. Para mí ya es un peón caído.
Y a lo que el miembro dominante de la casa azul respecta, este es el primer instante en el que me cuestiono su existencia.
Por tanto y para ya concluir, ¿cómo voy a considerar a estas personas parte de mi familia?, ¿cómo voy a indultar a quienes han jugado con la estabilidad emocional de todos los miembros de mi núcleo familiar?, ¿cómo voy a permitirme ser vapuleada si a diferencia de todos ellos yo no tengo Síndrome de Estocolmo?
Mi familia natural está conformada por cinco personas, Jara, y todos los desconocidos que me han consolado al despertarme de una pesadilla, que me han enseñado a quererme, que han actuado como juez y abogado al mismo tiempo, y que no han desertado de ni uno de mis combates.
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