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No te quedes a dormir, Álvaro.

No, jamás perdí el sueño, estuvieras o no al otro lado de la almohada.
Quería sentir, el segundo antes de pisar el escenario, cada escama de tus mariposas, cada surco irregular.
Yo quería un completo desconocido, las peores fajitas del mundo a la luz de mi película francesa favorita y una cama descompasada.
Pero solo por una noche.
Quería no conocerte.
Quería no leerme, no acompañar tu nombre en las presentaciones, no quería esconderme, pero lo hice.
Quería sorpresas ingratas, y estar al borde del cañón.
Y podía querer conversar, pero no converger contigo.
NO
quería
cerveza.
No era yo, y fui aún menos contigo.
Jurabas que tenías cicatrices sin haber sangrado y que asaltabas casas con tu piel de pelo pardo.
Pero tus alas no eran más que un dibujo de tinta y tus "haz algo" taladraban hasta el último de mis sentidos.
Mancillabas mis valores con la boca pequeña y jamás fuiste escudo, aunque me gustara recostarme en tu espalda.
Perdón por besarte con los ojos abiertos, por mentirte más de uno y tentarme muchas otras.
Perdona no haberte echado de menos y mucho menos haberte pensado.
Perdona, por querer dormir sola.

No te quedes a dormir, la historia de lo que nunca te dije.


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