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El jardín de las delicias

  

Soy consciente de todo el daño que he hecho,
y de todo el que me queda por hacer,
a nadie más que a mi misma. 
Y es de extrañar,
puesto que convivo entre espaldas cubiertas,
y lenguas afiladas.

Un lugar poblado de más miradas que piedras, 
y donde los susurros parecen correr más que el viento. 
Donde no hay títere que no haya sido degollado,  
donde el grito prima sobre el acto de escuchar,
y donde se vaga esperando la llegada de San Martin.

Una alberca cuya agua parece envenenar las mentes con menos criterio.
Una oligarquía basada en el poder ensordecedor de un apellido
de piaras que se ceban en los graneros, 
mientras una campana replica clamando austeridad.
Una belleza fingida, una maldad oculta entre balcones de flores colgantes,
o una fiesta regional, de fé tan discutible como la necesidad de figurar en una fotografía aerea, 
la distinción de la hormiga en un avispero.

Un pueblo que es tan mio como suyo, 
que es menos mio por ser mas suyo,
donde la dignidad de los bufones la posee el público:
un puñado de malas hierbas arraigadas en sus delicias.


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