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IES Fray Luis de León.

 Me gustaría que hubiese habido un único detonante. Una sola experiencia que hubiera derivado en una depresión post-traumática y con la que batirme hoy en día frente a frente. Pero no. Esta entrada es la primera de una serie que resumirán mi estrepitosa caída en la ansiedad y ataques de pánico. 

Cuando echo la vista atrás, intentando recordar una Marta normativa, únicamente visualizo mi individualidad – de connotación desfavorable- en la capital charra.

No puedo considerar el colegio de educación primaria como una obra trágica. Por tanto, pasaré a la época de secundaria. No únicamente una época de dificultades a nivel educativo. 

Aunque nunca antes había llegado a plantearme mi figura corporal, sí comparaba el físico en evolución de mis compañeras y mi entidad de metro cincuenta. Tampoco ayudaba que las conversaciones de todas ellas giraran en torno al género masculino y las por entonces modas que hoy no sé si se aborrecen o si están a la orden del día.

Primero y segundo de la ESO fueron dos años realmente difíciles. En ningún momento diré nombres, ni pretendo que sea un texto condenatorio, pero las compañías fomentaron la pérdida de confianza en mí misma. La que quiera que hubiera desarrollado hasta entonces.

Llamémoslo grupo A. Un grupo A conformado por 4 compañeras de curso fue del que me rodeé hasta 3 de la ESO. Supongo que todo empezó con pequeños detalles como el no saber cómo integrarme en sus conversaciones o el que únicamente formasen parejas entre ellas cuando el profesorado lo requería. Pero conforme avanzaba el curso escolar no solo no formaba parte de sus bromas, sino que era objeto de ellas. 

A día de hoy las críticas y burlas sobre el aspecto físico me parecen vacías de contenido y validez alguna, pero 14 años atrás eran la base de mi estabilidad emocional.

A este grupo A he de incluir un sujeto con el que coincidí ambos años por repetir ella el primero siendo un año más mayor y la cercanía del apellido que comienza con la letra V y el que comienza con la Z. Repito que no quiero victimizarme, pero jamás entenderé por qué esta persona se dirigía a mi con insultos, por qué me amenazaba con "esperarme a la salida" sin importar quien hubiera delante - profesores y/o alumnos-, o por qué en las horas de actividad física utilizaba objetos que lanzarme y/o ser ella misma la herramienta de ataque.

Odiaba el instituto. Lo odiaba y el recuerdo que perdurará siempre del mismo será de dolor y repulsión.

Convivir en este escenario seis horas al día, cinco días a la semana, derivó en un cambio actitudinal y emocional devastador. Por desgracia no creo que mi familia pueda llegar a olvidar esos años. El mal humor, la furia o los arrebatos eran episodios de los que ninguno de los cinco parecíamos entender su origen, y con los que ninguno supimos lidiar. 

Paralelamente a todo ello, los comentarios acerca de mi físico fueron abriéndose hueco en un estómago que iba reduciendo su capacidad. 

Llegado tercero de la ESO, conocí un grupo de tres o cuatro chicas del que formaría parte hasta segundo de bachillerato. Tal y como llegaron, se fueron. Pero a día de hoy agradezco su compañía en los recreos. No pertenecían a mi clase, porque o bien eran repetidoras, o estudiábamos ramas distintas. 

En las clases a las que pertenecí superados los dos primeros años tampoco creé ningún vínculo, de nuevo todas las conversaciones giraban en torno a la superficialidad de dichas personas. Una de ellas en concreto, intentaba ridiculizarme haciendo referencia a mi físico, a mis redes sociales, y a mi no-normatividad, mientras el resto de la clase reía y aplaudía de forma sorda o sonora sus ingeniosidades. Esta persecución tuvo lugar hasta que dejé el instituto, pero para cuando llegué a Bachillerato, sus bocanadas de insultos habían pasado a ser un monótono y soporífero arrullo.

Por otra parte, sí recibía halagos cuando mi abdomen parecía más plano, si se marcaban mis huesos y cuando mi cuerpo se iba reduciendo centímetro a centímetro. En apenas dos años perdí diez kilos a base de no comer, de hacer una hora de ejercicio al día y de batallar contra mi tracto gastrointestinal. Por creer que por fin sería aprobada por mis compañeros, dejé de ovular durante nueve meses, no crecí apenas cuatro centímetros, empeoró mi relación con mi familia y visité tres psicólogos, a cuál más inútil.

De estos años recuerdo muchos episodios, comentarios, gestos… notas a pie de página que podrían ocupar capítulos enteros.


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