Ir al contenido principal

Tren vuelta a casa.

Yo sabía quererme, o eso creía, puede que solo fuese una prolongación de tu idealización.

Hasta desnuda me sentía segura, ya no tenía la necesidad de apagar la luz para que únicamente conjeturases sobre la apertura de mis ángulos. 

No hay pregunta que más me haya atormentado estos meses que "¿por qué?".

¿Era un ente o un personaje? 

¿Me movía de acuerdo a un sístole y diástole o a tu tinta?

Soy consciente de que yo misma he ordenado la persecución de dicho personaje.

Incluso he intentado reinventarlo.

Ojos hundidos, piel que no sé si sobra o falta, un corte de pelo que no sé si dulcifica o endurece las facciones y un abdomen que no se atreve a desvelarse.

Juro y perjuro que el crecimiento de mi ego laboral era directamente proporcional al tiempo. Ahora he perdido el acento inglés, mi sarcasmo carece de ingenio y pido permiso a mis tutorandos para hablar.

No puedo alardear de mi estabilidad emocional, de hecho, se desplomaba sobre ti. Caído el pilar, reconozco la autoría del amordazamiento de mis emociones. Han sido numerosos los desprecios a adulaciones y carantoñas.

Ahora, si hablo de ti me ahogo.

Es por ello que me pregunto constantemente "¿por qué?".

"¿Por qué aquel afecto envenenado?"

"¿Por qué el autor mata al héroe?"

"¿Por qué tus ojos hablaban distinto de lo que supuestamente veían?"

Comentarios

Entradas populares de este blog

Familia.

Un concepto antónimo a los lazos sanguíneos y legales a los que me referiré en esta entrada. Si me preguntan por mi “familia” mi mente únicamente lo ligará al núcleo formado por mis padres, hermanas y, ahora, Jara. Todo esto se remonta a años luz. Pero como se trata de exponer mis vivencias comenzaré en el año 2000. Posiblemente mi primer recuerdo fue el de una discusión. Todos los participantes estaban ligados a nosotros por la rama materna. Se encontraban en la entrada del piso tercero de casa de la abuela en La Alberca. María y yo, con seis y cuatro años respectivamente, nos asomábamos por la puerta entrecerrada que separaba la sala de las escaleras. Las voces se elevaban, pero no discriminábamos una palabra. “Es mi culpa”, recuerdo decirle a María. “No, es la mía”, respondía ella.  Allí no había cabida para una disculpa por haber corrido, gritado, jugado o lo que quiera que hicieran dos niñas en su más tierna infancia, y más aún cuando la discusión parecía envalentonarse. Todo ...
U na vez leí que solo sabes si te han disparado porque no habrás escuchado el disparo. A mi me bastó una palabra para que el mundo enmudeciera. Recuerdo taparme la boca con la manga de la sudadera para ahogar el llanto. Después de aquello llegaron innumerables preguntas Qué Cómo Dónde Cuando Por qué En tres meses no hallamos respuesta a ninguna de ellas. Hoy sigo añadiendo otras tantas a la lista.