Yo sabía quererme, o eso creía, puede que solo fuese una prolongación de tu idealización.
Hasta desnuda me sentía segura, ya no tenía la necesidad de apagar la luz para que únicamente conjeturases sobre la apertura de mis ángulos.
No hay pregunta que más me haya atormentado estos meses que "¿por qué?".
¿Era un ente o un personaje?
¿Me movía de acuerdo a un sístole y diástole o a tu tinta?
Soy consciente de que yo misma he ordenado la persecución de dicho personaje.
Incluso he intentado reinventarlo.
Ojos hundidos, piel que no sé si sobra o falta, un corte de pelo que no sé si dulcifica o endurece las facciones y un abdomen que no se atreve a desvelarse.
Juro y perjuro que el crecimiento de mi ego laboral era directamente proporcional al tiempo. Ahora he perdido el acento inglés, mi sarcasmo carece de ingenio y pido permiso a mis tutorandos para hablar.
No puedo alardear de mi estabilidad emocional, de hecho, se desplomaba sobre ti. Caído el pilar, reconozco la autoría del amordazamiento de mis emociones. Han sido numerosos los desprecios a adulaciones y carantoñas.
Ahora, si hablo de ti me ahogo.
Es por ello que me pregunto constantemente "¿por qué?".
"¿Por qué aquel afecto envenenado?"
"¿Por qué el autor mata al héroe?"
"¿Por qué tus ojos hablaban distinto de lo que supuestamente veían?"
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