Ir al contenido principal

Preludio.

 Primera sesión voluntaria de terapia. Ella, que siempre había despreciado ilusionistas y cualquier cómplice del gremio, aquella tarde salió de la cama para recostarse en un sillón.


"¿La primera vez que me sentí defraudada?"

Es curioso cómo el tiempo hace crecer vida sobre ruinas y tierra baldía.

Como si no hubiera pasado un solo segundo, sentados a mi izquierda en una mesa camilla y la cena sobre la mesa, los gestos y miradas de desprecio y aversión empañaron por vez primera mi orgullo.

"Al principio me sentí terriblemente culpable."

Sin embargo, cuando él dejó la estancia, ella decidió dejar la casa.

"Me dio igual que fuera detrás mío por la calle. Sentí desprecio. Soberbia. Subestimación.

Hacia mi persona.

Sí, creo que fue aquella vez " 


"¿Pánico? Nunca he creído que pudiera hacerme daño físico. Pero siempre he sido muy sensible a los tonos de voz graves y agresivos. No quería conducir con él. Apenas unas semanas después de sacarme el carnet y viajando hacia nuestro pueblo en su coche..."

Anudaste mi garganta mediante tus numerosas órdenes que silenciaban la música del coche.

"Soy consciente de que no dominaba el volante, pero me sentí insignificante." 


"Sin embargo... sí volví a conducir con él... creo que no llegó a un minuto, claro. Fue en Irlanda."

Solo mi padre me había gritado así a días de sacarme el carnet, y, por un segundo, me pareció que era él quien estaba en el asiento del copiloto. 

“No quiero formar una pareja en la que no existan muestras de afecto, apoyo emocional o independencia sentimental.”

Rápidamente eché el freno de mano. La idea de conducir por el carril contrario parecía emocionante, una experiencia que rara vez podría repetir... hasta a ti te costó al principio. Y aquel era el quid de hacer un viaje por carreteras extranjeras, ¿no?


El resto del viaje me limité a contemplar colinas verdes. 


Comentarios

Entradas populares de este blog

Familia.

Un concepto antónimo a los lazos sanguíneos y legales a los que me referiré en esta entrada. Si me preguntan por mi “familia” mi mente únicamente lo ligará al núcleo formado por mis padres, hermanas y, ahora, Jara. Todo esto se remonta a años luz. Pero como se trata de exponer mis vivencias comenzaré en el año 2000. Posiblemente mi primer recuerdo fue el de una discusión. Todos los participantes estaban ligados a nosotros por la rama materna. Se encontraban en la entrada del piso tercero de casa de la abuela en La Alberca. María y yo, con seis y cuatro años respectivamente, nos asomábamos por la puerta entrecerrada que separaba la sala de las escaleras. Las voces se elevaban, pero no discriminábamos una palabra. “Es mi culpa”, recuerdo decirle a María. “No, es la mía”, respondía ella.  Allí no había cabida para una disculpa por haber corrido, gritado, jugado o lo que quiera que hicieran dos niñas en su más tierna infancia, y más aún cuando la discusión parecía envalentonarse. Todo ...
U na vez leí que solo sabes si te han disparado porque no habrás escuchado el disparo. A mi me bastó una palabra para que el mundo enmudeciera. Recuerdo taparme la boca con la manga de la sudadera para ahogar el llanto. Después de aquello llegaron innumerables preguntas Qué Cómo Dónde Cuando Por qué En tres meses no hallamos respuesta a ninguna de ellas. Hoy sigo añadiendo otras tantas a la lista.