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Quinta parte.

Metafóricamente, el cielo se derrumbó sobre la capital el día que yo lo hice sobre la mesa de la cocina.

34 días con un solo pensamiento en la cabeza y muchos otros en la retaguardia.

Había atacado a un camarada por la espalda.

Yo.

Que siempre había censurado inflexiblemente a los que como aquella noche sujetaban un cuchillo ensangrentado.

Inundé el plato que guardaba una cena caliente y él mismo me condujo hasta mi habitación.

"He hecho algo terrible"

"He hecho algo terrible"

"He hecho algo terrible"

Ocupó el borde de la cama.

"¿Me has puesto los cuernos?"

"He mirado tu whatsapp".

Silencio.

"Bueno. Podías habérmelo dicho."

No dejé de llorar hasta el enero siguiente.

Porque nunca antes había sentido el corazón doler.

"Te lo hubiera dejado. ¿Qué has visto?"

"Nada de eso importa. Te he mirado el móvil. Te he traicionado. Solo busqué mi nombre y salieron cosas horribles. Pero te he mirado el móvil."

"Bueno, vamos a dormir, mañana tienes que coger un tren."

Como ya vaticinó el noticiario, Madrid y alrededores se tiñeron de blanco, prohibiendo así la huída. Ya fuera en dirección interna o externa.

Sin embargo, esto facilitó mi desnudo íntegro. 

Miedos que desconocía se materializaron

porque yo había disparado

y era la única que sangraba.

"No sé.

No lo recuerdo.

Estaría enfadado.

No sé por qué lo dije."

Las evasivas continuarían hasta mi desinterés.

La distancia, que yo pensé sería mi aliada, alimentó su esquiva ambigüedad. 

Cada visita iría acompañada de, al menos, una sesión de llanto por mi parte. 

¿Cómo conseguía mantenerse de pie mientras todo a nuestro alrededor se derrumbaba?

¿Acaso el permitir que nos sepultaran era la solución para salir a flote?

Recuerdo una noche que me invitó a una de sus "fiestas". Sus amigos formaban cola a la entrada de una de las habitaciones por la que más tarde saldrían flotando.

"¿No quieres nada?", le preguntaban.

"No, tio, no", respondía dirigendo violentamente los ojos hacia mi.

También llegó otra noche a Madrid de improvisto a golpear mi ventana para acto seguido dejar sus cosas en mi habitación y volver a aquel piso.

"La última semana de agosto...

¿Vas a hacer algo la última de agosto?."

"No lo sé", reí. "Si quedan como cuatro meses."

"Es que tengo que organizarme, quiero irme con estos de vacaciones y para un mes que puedo..."

"Bueno, es que, no lo sé. No sé si alguien se quedará en el pueblo esos días..."

"Vale."

Aquel "vale" debió de zanjar la conversación, porque meses después se escudaría en el mismo para justificar por qué no nos habríamos visto en prácticamente un mes.

Adelantaré, de hecho, hasta ese mismo mes, ya que a partir de entonces solo se sucedieron capítulos redundantes.

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