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Queen Elizabeth.

Pensaba que había sido amor a primera vista.

Levanto la voz en Anaya y tus ojos saltones buscan los míos como agua en el Lute.

Te nombro mi aliada mientras tú te mantienes firme en que me arrodille

En julio, como Skinner, me liberas de una caja que guardas hasta dos meses después.

Sin embargo, en verano, replicas tu pequeña campana para que no olvide salivar cuando vuelvas a casa.

Me desprecias porque corro despacio, pero Victoria, seis años aferrándome al humo han encharcado los pulmones.

Apuñalas todos los retratos que dibujo durante seis años y te lamentas porque te has manchado de pintura.

Elogios que no acompañan mi nombre, a pesar de que todo llevara mi tipografía, mientras tú sonríes como si esa tinta la hubieras sangrado tú.

Victoria, ¿por qué has venido hasta Praga solo para torturarme?

¿Ya no te acuerdas de que comparto cumpleaños con tu madre?

Ahora he oído que paseas por aquí, que tienes mi nombre en tu boca como tenías el de tantos otros perros.

Debí darme cuenta cuando te vi llorar el día de mi cumpleaños y no esperar en Fotheringhay la invitación para el tuyo.

Hasta siempre, Victoria.

Moisés hace tiempo que partió el Mar Rojo.

Tu recuerdo permanecerá como el refrán de los obreros en la viga, como el recuerdo de aquel ex que me dejó desnuda en un cobertizo, como la lengua que grita después de sorber té hirviendo.

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