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Este año no nos vemos, Madrid.

Este año Madrid está más ruidoso e inquieto, 
prefiere mantener una sorda conversación con Vicente Calderón 
que respirar el silencio del Retiro.
Las gotas se desploman sin gracia en la Avenida Salamanca, 
el mármol se ha secado en Neptuno 
y las butacas vaciado en Valle Inclán.
El humo del café ya no baila y las agujas caminan descoordinadas en la puerta del Sol.
Ninguna línea de metro se detiene y las estaciones ya no reciben besos desesperados.
En el Prado, el Greco se ha convertido al modernismo, 
y en el Pardo la policía lleva a cabo un desalojo.
En Carabanchel, Manolito ha sido extraditado 
y la agencia T.I.A mantiene el orden en la capital.
En el congreso de los diputados solo se oyen los rugidos de los dos gatos pardos devorando a sus inquilinos.
Las torres parecen sostener el cielo que siquiera se refleja en el Manzanares.

Este año no te veo Madrid, ni te pienso.
Este año vago entre conversaciones de cortesía, sin dejarme querer, como de costumbre.

Amaneces desesperado pidiéndome un beso de despedida, ocho meses después. ¿Acaso has olvidado todo el orgullo que me hiciste engullir, tus ebrias visitas con toque de queda y tu inestable afecto?

El Madrid de los Austrias ya son solo ruinas 
y sobre estas se levantan inalcanzables rascacielos 
cuyos viandantes son los únicos que han testificado
la metamorfosis de Madrid. 

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