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Hace más frío cuando sale el sol.


Altas horas del día,
el silencio se ha desvanecido,
he de prepararme para oír la cifra de caídos en la batalla.
Las persianas no pueden salvarme de los rayos de sol,
ni ellas, ni mis párpados siquiera.
No sé si hace más frío ahí fuera o en mi mente.
La borrosa incertidumbre se manifiesta en las cicatrices que amanecen a mi lado.
Las sombras se movían despacio, sí, pero se retorcían deprisa,
y el recuerdo que prevalece es el olor de caras sin forma
y luces que golpeaban tan rápido como la ensordecedora música .
Pero todo es socialmente correcto, ¿cierto?
Por que somos jovenes, salvajes y libres, ¿verdad?
Si luchamos todos en la misma guerra, ¿no pertenecemos al bando vencedor?
Las emociones se intensifican, al igual que los errores.
Y de ellos no quedan más que ciegos testigos,
que fueron mis aliados hasta la salida del sol.
Es la hora en la que decido poner los pies en la tierra,
y limpiar la ceniza que aún queda sobre mi vestido,
porque no será la última vez que vista esta armadura.
Nos entrenaron para luchar una guerra contra nosotros mismos,
y que lo correcto es errar.
Por que la pérdida de la conciencia te libera de todos los temores,
que te golpearán el doble de la distancia
que hayas recorrido para huir de ellos.


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