"¿Estás despierto?"
Piel tostada de oriente medio, mares que se revolucionan en tus ojos.
Recorres las calles de París cuando cae la noche y me llevas contigo al corazón del Sena.
Eres el menor de cinco hermanos, y aún así tú también sientes que eres el mayor.
Entre té y pastas dices sentirte como en casa, en la costa opuesta del Mediterráneo. Ilustras la espera del agua hirviendo con olores y colores de tu infancia.
Nostálgico desconocido, ¿por qué aún así no quieres volver?
"¿Estás despierto?"
Apenas iba a cerrar los ojos cuando me invitas a ver una película.
¿Por qué recalcas que no quieres que te malinterprete?
Escojo por ti la película:
Eternal sunshine of the spotless minds.
Eterno resplandor de las mentes inmaculadas.
Alexander Pope.
Metáfora de lo que ocurriría más adelante.
Nos sentamos en la cama, y nos apollamos en un acolchado cabecero.
-¿Qué champú usas?- me preguntas.
-Uno australiano que compro por internet-
Creo que no entiendes el argumento de la película o que no sabes tanto inglés.
"¿Estás despierto?"
Me rascas la cabeza, en ese momento me siento como en casa. Dos semanas en la capial parecen ser ya el comienzo de una nueva vida.
-Jim Carrey está infravalorado- defiendes.
Pero yo adoro a Kate.
Tu mano se asienta en mi hombro por un instante, acaricia la camiseta que él me dejó el fin de semana pasado. Pero no se detiene. Avanza a pasos agigantados y acaricia mi cara, a la cual te avalanzas como un animal de presa.
-NO- grito.
Para entonces tus labios se han estampado contra mi comisura. Buscas unos labios que se resisten en una cara que se retuerce y te repiten de nuevo que te detengas.
-¿Por qué no?-
-No me gustas de esa forma. Me caes bien pero nada más-
-Venga, Marta-
-No-
"¿Estás despierto?"
Tu espalda busca el cabecero de nuevo.
Me pregunto si se sentirá avergonzado.
Maldigo el momento en el que decido quedarme.
-Seguro que en un par de días todo vuelve a la normalidad- pienso para mi.
Mis ojos parecen haberse ensordecido. No soy capaz de reconocer la película.
A partir de este instante pierdo la capacidad de percibir el tiempo y el espacio.
Unos dedos retornan a una camiseta cinco tallas por encima de la mía. Acaricias mi brazo, pero el efecto es opuesto a tus expectativas.
Me recuesto con el fin de alejarte de mi, pero tu mano me devuelve impasible a ti.
Ideas cruzan mi mente a una velocidad imperceptible, pero mi cuerpo parece no recibir la información.
Colocas tu mano sobre mi cintura, y levantas la camiseta a la altura del pecho. Manos que arden sobre una piel que se eriza de frío.
Manos que vagan hacia el sur y alcanzan la cordillera de mi cadera.
Un susurro ahogado aulla de nuevo que te detengas, pero para entonces siento que has perdido la razón.
Mi mano se abalanza sobre la tuya, con el fin de acabar esa guerra, pero un batallón inesperado contraataca haciendola cautiva.
¿Cuáles son los pensamientos de un soldado abatido en una batalla perdida?
Literalmente ninguno.
Aprovechas que mis sentidos se han enmudecido y me engulles hacia ti.
- Soy Mediterráneo. Está en mi sangre ser cariñoso- justificas - necesito contacto físico, mi familia está muy lejos-.
Lloro.
No reconozco dónde estoy.
No reconozco a la persona que sigue sujetando mi mano.
Tengo frío.
"¿Estás despierto?"
Los créditos inundan la pantalla y unos ojos distraídos bajan la guardia. Consigo levantar mi cuerpo tres palmos de la cama. Pero tus reflejos son más rápidos y me arrastran hacia ti.
-Abrázame, lo necesito-
Mis ojos se inundan de nuevo.
-Quédate a dormir conmigo- me susurras al oído.
-Deja que me vaya- consigo articular.
Vacilas por un instante y, como si de un verdugo se tratase, besas mi mejilla, sonríes y me das las buenas noches.
"¿Estás despierto? Necesito hablar contigo".
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