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Allá por mi ingenuidad - La que aún no he perdido -

Como si fuéramos niños, de nuevo.
Como si fuéramos un poco más jóvenes de lo que aún somos.
Volvemos a encontrarnos, después de hace ya dos inviernos. Y, como de costumbre, vuelves a golpear mi puerta, y yo vuelvo a comprobar el recital de los ronquidos inmutables y disonantes del piso de arriba. Ya no enciendes la chimeneas, me preguntas retóricamente, y aun así no te sientas cerca del suelo.
Esta vez de forma impaciente intentamos poner al día los últimos movimientos. Volvemos a estar frente a frente, pero solo hasta y cuarto, antes de que suene tu toque de queda, y vuelvan a reclamar mi ausencia. Al igual que llegas, ya estás al otro lado de la puerta, pero esta vez no prometes otra visita espontánea.
Y los árboles vuelven a cubrirse aunque siga haciendo frio, y vuelvo, con la ciega esperanza de que volveremos a vernos, y digo ciega, porque durante este tiempo jamás nos volvimos a leer.
Ahora ya no. Ahora ya no tienes toque de queda y caminas en otra dirección, ahora que te están mirando, abandono mi entusiasmo por los viejos relatos, es  mejor que el polvo los devore a ellos, y que la tinta sola se desvanezca.
Ya no es hora de leer, ya son altas horas de la madrugada, ya no es hora de leer, puesto que nos dejamos la vista con un solo candil, ya no es hora de leer, nos.

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