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Cuarta Parte.

Año 2020. Supongo que permanecerá en la mente de todos los seres humanos que vivimos este año como el año del covid, pandemia… sin embargo, egoístamente reconozco que el confinamiento me generó bastante paz. Fueron semanas que vivimos en casa como si de un juego de niños se tratase. Reinventándonos, cocinando, creando nuestro propio cine en su habitación, jugando a la Play Station, cuidando a un gato abandonado… incluso él tuvo la oportunidad de aparecer en RTVE en más de una ocasión gracias a su trabajo. Estaba extremadamente orgullosa.

No obstante, fue esta rutina la que abrió una de las primeras brechas en nuestra relación. Intentando banalizarlos, me mostró que tenía dos grupos en redes sociales, uno con sus amigos del pueblo y otro con sus amigos de Salamanca en los que se pasaban fotografías de chicas del pueblo acompañados de comentarios repulsivamente machistas sobre su físico, jactándose de sus parejas y alabando la diferencia de edad con las mismas.

Pero no pasaba nada.

Porque él tiene un máster de género.

Él es feminista.

Siempre y cuando a él no le afecte.

Y con el fin del confinamiento llegó la vuelta a la realidad, y con ella la división de la ratio por alumnos y su consiguiente multiplicación del profesorado. Gracias a ello pude comenzar mi aventura en Madrid.

Fueron los dos últimos meses del año y pudo venirme a visitar un fin de semana.

Madrid era todo lo que necesitaba.

Y que, a día de hoy, me ha salvado en parte la vida.


4 de diciembre de 2020. Creo que estuve toda la noche llorando. Él llegó un par de días antes. Aquella noche salió a cenar con sus amigos y al día siguiente nos encontraríamos para irnos a Salamanca. Dado que yo trabajaba la mañana siguiente se quedaría con ellos a dormir. Pero dejaría todas sus pertenencias en la mía. Terminé de cenar y, movida por el deseo de conocer su imagen sobre mi, tomé su portátil, lo coloqué sobre mi cama y abrí su Whatsapp web. Buscador: “marta”. Cientos de mensajes acompañados de insultos acompañaban mi nombre. Emisor: el dueño de la cuenta de whatsapp.
Me insultaba por no estar segura de ir a un partido, por no asistir al cumpleaños de su primo, por llegar tarde… Insultaba a mis amigas del pueblo… a mis padres… y utilizaba los peores de los vocablos.
"Hija de puta"
"Basura"
"Miserable"
"Gilipollas"
Comparaba mi ansiedad con “caprichos de niña pequeña”.
Y también surgieron mensajes en los que yo no era el sujeto sino el complemento indirecto, para hacer referencia a todo lo que me ocultaba. 
En resumidas cuentas, su consumo habitual de drogas estimulantes y alucinógenas/ psicodélicas.

No le encontraba sentido.
¿Era yo?
¿Había otra Marta?
¿Por qué hablaba de mi con esos términos?
Durante varios minutos aparté el ardiente portátil a los pies de la cama.
Pocas veces en mi vida he sentido la sangre helarse.
Seguidamente empecé a hiperventilar. El juego de sístole y diástole seguía el ritmo de un hormiguero recién sepultado.
Una vez marqué el número de teléfono de mi hermana y pude escuchar su voz, rompí a llorar. 
“No lo entiendo”
“No lo entiendo”
“No lo entiendo”
Sólo recuerdo repetir esto en la conversación.

El día siguiente deambulaba en vez de andar. 

Pero me iba a casa.

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