Desgranar una relación sentimental es un ejercicio de desgaste psicológico. Por una parte, porque es imposible acordarse de absolutamente cada uno de los detalles, de cada reacción y el consiguiente análisis. Por otra, porque se trata de MI verdad. De esta depende todo lo que he vivido hasta la fecha, educación, relaciones sociales etc. No es la única verdad, ya que hay dos participantes, y mucho menos la absoluta, ya que esta es inalcanzable.
Por tanto.
Allá vamos.
El primer año sentí un poco de frustración. Culpa mía. Creé tantas expectativas que, pasaban los meses, esta bucólica imagen se fue desvaneciendo. No pretendo volcar toda la culpa sobre su persona, pero he de reconocer que me sentía invisible. Si hoy en día no hubiera redes sociales podría hasta pensar que era producto de mi imaginación.
Ni conocer a sus amigos,
ni a su familia,
ni querer indagar en nuestros sentimientos.
De hecho, solo nos veíamos en una cafetería después de clase.
Incluso el mes de noviembre de aquel año no nos vimos ni un día (y tampoco noté la diferencia).
Por tanto, literalmente el día que haríamos un año, decidí no seguir adelante con la relación.
Eso sí, de poco sirvió, ya que a los tres meses decidimos volver a intentarlo. Esta vez fue distinto. Para empezar, gozábamos de intimidad.
Sin embargo, del Barrio del Oeste guardo tres recuerdos:
El primero es la primera vez que me enseñó una pastilla.
“Ni te imaginas el poder de esta pastillita”.
Por mi cabeza cruzó un: “Dios Santo, ¿quién es esta persona?”. Por primera vez sentí lo comúnmente conocido como vergüenza ajena.
En segundo lugar, yo, como persona a la que le encanta poner los sentimientos sobre la mesa y destriparlos minuciosamente, recuerdo preguntarle cada noche sobre algún aspecto de su vida y pedirle que me contara “algo interesante”. No por cotilla. Sino porque quería saber todo de él: qué sentía, su primer desamor, qué relación tenía con su familia y así un largo etcétera. Pero la curiosidad no era recíproca.
Una noche, con los pies fríos como el hielo, pregunté “¿tú no quieres saber nada mío?”, a lo que respondió “no, porque te imagino con ellos”.
Tercero, y no estando yo muy avispada, le escribí un mensaje un tanto amargo el día de su cumpleaños sobre la posibilidad de poner fin a nuestra relación. Solo habían pasado tres meses desde que habíamos retomado la relación, pero la intimidad que habíamos ganado se veía eclipsada por la falta de confianza y la desigual importancia que cada uno confería a la relación.
El día después fue la primera vez que le vi enfadado y no dudó en levantarme la voz.
El siguiente, conocí a su tía.
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