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Tercera parte.

 Y con todo esto, dio comienzo el 2019.

Comencé a trabajar en una academia de inglés y, una tarde después de trabajar, fui a hacer la compra, ya que quedamos en que aquella noche yo prepararía una “falsa pizza”. No se trata de un plato especialmente difícil pero requiere su tiempo, electrodomésticos e instrumentos óptimos y, con la poca gracia que me hacía cocinar, su reacción me disgustó considerablemente.

Aproximadamente dos horas después, sentada a su izquierda en una mesa camilla y la cena sobre la mesa, los gestos de asco, falsas arcadas y miradas de aversión desmerecieron mi orgullo. Al principio me sentí terriblemente culpable.

Sin embargo, cuando se levantó enfadado y se enclaustró en su habitación, decidí irme de su casa. No iba a soportar todo ese desprecio y soberbia. 

Me dio igual que fuera detrás mío por la calle. Porque aquella era una persona que no reconocía.  

A las horas ahogó mi teléfono con mensajes de perdón y de nuevo decidí dejarlo pasar.


Los meses pasaron y pude ir conociendo más a su familia. El año anterior pude conocer a su abuela y prometo que es un ser humano al que no olvidaré jamás, al igual que a su prima o a su madre.


8 de marzo. Vanagloriando su máster en estudios de género, durante prácticamente 24 horas asfixió mi teléfono móvil de críticas debido a que aquella tarde había decidido ir a estudiar a la biblioteca.

No era feminista si no iba a la manifestación.

No importaban mis ataques de pánico en reuniones multitudinarias.

Si dedicaba mi tarde a estudiar era cómplice del sistema.

“¿Quién te crees que eres?”

Ese día no podíamos acudir a supermercados, cafeterías, universidades o edificios pertenecientes a instituciones públicas.

Porque era el Día Internacional de la Mujer.

Hasta las 12 de la noche, cuando su hipocresía salió a emborrachar sus lecciones de moralidad.


"Marta, rápido, me han detenido, me llevan a la prisión de Burgos, no creo que pase nada, pero por si acaso".
"¿No estabas en Zaragoza?"
"Si, es que... era la prisión más cercana"
"¿Qué estás diciendo?"


"Ey, ¿que tal el concierto?"
"Muy bien, estoy debajo de tu casa, ábreme."
No sé qué cocktail llevaría en el estómago aquel día, pero el olor pestilento, sus manos apretando mis brazos y su cuerpo desplomándose sobre el mío y su peso oprimiendo mi pecho acabaría, por mi parte, en una noche de llanto.

Como toda noria, volvimos a rozar el suelo. En verano fue la primera vez que me invitó al cumpleaños de sus primos. Al primero recuerdo aparecer con el libro de "Harry Potter y La Piedra Filosofal", pero al segundo, debido a que iría con las manos vacías y que tenía unos dolores estomacales terribles, no asistí.

Algo debió de cabrearle  de forma descomunal. Pero esto lo descubriría más adelante.

El viaje de dicho año fue un road-trip por Irlanda.

Recordemos que en Irlanda conducen por el carril contrario, que el volante está en el asiento del copiloto y que, por lo poco que había practicado, yo seguía considerándome una conductora novel.

Solo hay una persona a la que permito que se ponga nerviosa al volante conmigo en el coche: mi padre. Bien. Pues por un segundo me pareció que era él quien estaba en el asiento del copiloto. Y quien dice un segundo, dice diez, porque no habría superado dicha cifra y ya había tirado del freno de mano.

No tuve la oportunidad de intentarlo.

También era su primera vez.

También era natural que él tuviera fallos. 

Estuvimos a punto de sufrir un arrollamiento ya que “no se dio cuenta de que venía otro coche de frente” y NO DIJE NADA.

Pero él tenía su propio comodín de “quedas libre de la cárcel”.

Solo él podía vociferarme. 

Solo yo me equivocaba. 


El resto del viaje no fui capaz de articular palabra y desde el asiento del copiloto me dormí para evitar la asfixia. 

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