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Segunda parte.

En cuanto a prioridades, si no me equivoco, el valor que para mi tiene la familia es similar al que él da a sus amigos. Entonces, si no me negaba a quedar con ellos, a ver partidos de baloncesto, a conocer a su familia, pasar un fin de semana en casa de su tío, ¿por qué él no quería ni sentarse a cenar con la mía?

Esto es algo que me dolía horrores y atormentaba de igual manera. Quería que mi familia pudiera conocer a la persona con la que estaba compartiendo mi vida, pero él no consideraba que eso fuera importante.

“Es que tú no lo entiendes”, “no sabes qué es eso” (refiriéndose a la amistad).

Siempre tiraba por tierra el valor que para mí tenía mi pequeño cosmos.


En junio de 2018 y con la autorización provisional para conducir recién imprimida, viajamos al pueblo en coche.  Era muy consciente de que no dominaba el volante, pero ansiaba aprender a desenvolverme. Sin embargo, desde aquel día me producía pánico el conducir con él y lo evitaba a toda costa. Ya que acallaba la música con sus gritos.

 

En otoño de aquel mismo año hicimos nuestro primer viaje juntos a Berlín y Copenhague. Berlín creo que fue un viaje inolvidable por muchos motivos, pero sobre todo porque fue la primera vez que me plantee el vivir en una ciudad grande, lo que en un futuro me ayudaría a decantarme por Madrid. 

Por desgracia, es en este viaje en el que comenzaron mis ataques de pánico. 

¿Por qué?

Estaba en un país extraordinario, la historia que nos rodeaba me lleva fascinando desde que tengo uso de razón, el tiempo atmosférico era idílico… pero no me sentía segura. Quería irme a casa. Tenía miedo. Ni lo entendía ni lo entiendo. Pero los primeros días fueron espantosos. 

Pasamos la frontera germana y este episodio solo tuvo lugar en una ocasión. Pero sabía perfectamente porqué: Christiania, serían como las 6 de la tarde, estábamos rodeados de personas fumando lo que quiera que fuese y obviamente él no iba a ser menos. Nos sentamos en un banco y me eché a llorar.

Supongo que es un acto egoísta por mi parte (¿?), pero me sentía decepcionada. 

No quería que se drogara con ninguna sustancia. 

No quería normalizar las drogas. 

No quería que tuviera que acudir a ninguna sustancia.

No quería y, a día de hoy, sigo sin querer.

Después del viaje cubrimos un tupido velo sobre aquellos días, a excepción de mis ocasionales “¿no crees que somos muy distintos?”. 

Llegaron las navidades y, al menos, comió con mis padres el día de mi cumpleaños.


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