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Décima parte.

Como diría Sabina: "estos son los últimos versos que te escribo".

Sin embargo, ni he escrito en verso, ni nadie más que yo ha sido el remitente.

Durante mucho tiempo he sentido culpabilidad al escribir sobre esta relación.

De exponer una realidad que, como pretendía aclarar en la primera parte, está sometida a mi criterio.

Qué sinsentido esta costumbre de pedir perdón por llorar en público.

En los meses y años siguientes no pasó nada reseñable, gracias al cielo.

Alguna petición fuera de tono por tu parte y un mensaje en el que te aseguraba que te odiaba.

No voy a mentir, el dinero pica mucho.

Leí tus seis cartas pero no sentí nada. 

Las llaves del piso duermen en el Manzanares.

He montado en moto por sentir que me daba igual lo que me pudiera pasar. 

Ha vuelto a haber días en los que no quería levantarme.

No obstante, 

he vuelto a posar frente a una cámara;

he viajado y no he llorado;

hablo y discuto;

he besado y he amado. 


Mucho.

Esta ha sido mi verdad, la única que conozco, la cual me ha consumido y devuelto a la vida.

Dos años "para decir "con Dios" a mi me sobran los motivos".

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