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Novena parte.

Serían como las once de la noche de un _ de noviembre.

Él, sentado en el sofá rojo, esperaba expectante mi condena.

"No puedo seguir adelante con esta relación".

"No, Marta, no lo hagas".

"No puedo seguir con una persona que me insulta, consume drogas y tiene un comportamiento tan agresivo."

"Marta, no vas a tirarlo ahora todo por la borda".

"Que no puedo seguir, de verdad que no puedo... tenemos que ver qué hacemos con el piso... los muebles..."

"No puedes hacerme esto"

"Tranquilo, no me importa quedármelo, no te preocupes por el dinero, como lo he pagado todo yo, venderé los muebles..."

"No me quiero ir"

"Bueno, pues me voy yo, no podemos seguir viviendo juntos".

"Dame un mes, en un mes te vas ya verás como al final te convenceré para que te quedes. No hablemos de esto ahora, vamos a dormir".

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No quería que me tocara, no quería sentir su respiración, por tanto, desde la fecha hasta pasado un mes, tomé mi almohada y convertí el sofá en mi nueva cama.

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En los días siguientes, además de trabajar, aprovechaba las tardes para visitar pisos y para actualizar a mis amigos sobre mi decisión.

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"Eres una controladora."

"No soy controladora, en lo que me he convertido es en tu madre. Pero te prometo que a estas alturas ya todo me da igual. Me doy por vencida."

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"¡¿Por qué estás metiendo las cosas en cajas?! ¡Para, por favor!"

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"Oye, como yo he pagado los muebles, me gustaría por lo menos llevarme alguno y los que te quedes puedes comprármelos."

"No, no puedes hacerme esto, ¿te crees que puedo perder todo ese dinero?"

"Bueno, pues ¿me los llevo?"

"No me hagas esto, por favor, te los pagaré."

"¿y la fianza del piso?"

"También te la devolveré."

Obviamente, jamás devolvió nada.

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"¿Oye, qué te parece si vemos todos los insultos que viste en mis conversaciones?"

"De acuerdo", no sé que pensé que podría ganar con eso, pero acepté.

Sentados en aquel sofá rojo, portátil abierto, leímos las infinitas conversaciones donde aparecía la palabra "Marta".

"Bueno, ¿por qué aquí me llamabas basura?"

"Eh... no sé... estaría enfadado"

"¿Por qué aquí me llamabas egoísta?"

"Porque no fuiste al cumpleaños de mi primo"

"Pero si te lo dije con antelación porque tenía muchos dolores en la tripa por mi estado de nervios"

"Ya... bueno..."

"¿Por qué llamaste a mis amigos, y en particular a las chicas, hijas de puta?"

"No sé, es que... me miran mal..."

"Si ni siquiera te miran porque no te ven"

"Ya... no sé..."

"Estamos perdiendo el tiempo, no tiene sentido que hablemos de cada insulto si tu respuesta va a ser que no lo sabes"

"No, si ya..."

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"Nunca te lo he dicho, pero quiero abrirme y decirte lo que consumo", dijo recostado sobre el sofá.

"Bueno, ahora no sé si ya tiene mucho sentido"

"Coca y MDMA"

Curiosamente, no sentí nada. Dos palabras que hubiera necesitado escuchar hacía meses o años, flotaron ligeramente, como bailan las plumas hasta reposar en el suelo.

"¿Qué sentido tiene todo esto ya?", pensé para mí.


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