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No te quedes a dormir, Álvaro.

No, jamás perdí el sueño, estuvieras o no al otro lado de la almohada. Quería sentir, el segundo antes de pisar el escenario, cada escama de tus mariposas, cada surco irregular. Yo quería un completo desconocido, las peores fajitas del mundo a la luz de mi película francesa favorita y una cama descompasada. Pero solo por una noche. Quería no conocerte. Quería no leerme, no acompañar tu nombre en las presentaciones, no quería esconderme, pero lo hice. Quería sorpresas ingratas, y estar al borde del cañón. Y podía querer conversar, pero no converger contigo. NO quería cerveza. No era yo, y fui aún menos contigo. Jurabas que tenías cicatrices sin haber sangrado y que asaltabas casas con tu piel de pelo pardo. Pero tus alas no eran más que un dibujo de tinta y tus "haz algo" taladraban hasta el último de mis sentidos. Mancillabas mis valores con la boca pequeña y jamás fuiste escudo, aunque me gustara recostarme en tu espalda. Perdón por ...

Las camas vuelan al sur en invierno.

No te vayas todavía, que aún no ha amanecido. Sumérgete en mi cama, finje que duermes, y vuelve, antes de que me despierte. Vuelve, a la noche en la que dos miradas nos cruzaron la cara y nos dictarion sentencia. Vuelve, donde quieras, pero vuela. Sigue quejándote de que aquí no brilla más el sol, y deja que te dé la razón, solo para disfrutar de un cálido silencio. Y vuelve a levantar la voz a distancia, ahora que ya no nos entiende nadie. Finje que te impresionan, mis posturas de billar, mis tres acordes malsonantes y mi cocina experimental. Vuelve a soplar toda las farolas para escondernos de la realidad. Y enredémonos en las cortinas de cuadros cuando el pasillo encienda su silencio. Miente de como yo valía cualquier viaje vuelto en idas, y dí que nos quisimos, hasta los domingos por la mañana.

Placeres desacompasados.

Las luces de la ciudad, las gotas de lluvia bandadas de pájaros en el cielo, estrellas brillando en el firmamento. Escarcha en los cristales, el gotelé de las paredes, las espinas secas en un castañar, los corales aferrados al fondo del mar. Las nubes nómadas las piedras sedentarias las hojas que recorren las aceras las edades de las nogales centenarias. El humo que ambienta la hora del café, sonrisas que parpadean inquietas, de dientes torcidos y manos pidiendo la cuenta. Lenguetazos de olas en la playa, el skyline de nueva york, la sierra de la alpujarra, nochevieja en la puerta del Sol los candados del puente de París, las fronteras de los países europeos, las pisadas automáticas en la boca del metro El latir descompasado de mis pestañas o de tus pupilas. Sonrisas instintivas y   a tu espalda  miradas furtivas. Las pisadas, en calles en empedradas y, el primer beso, nuestro primer beso. Y el desorden,  después de una noche de....

Este año no nos vemos, Madrid.

Este año Madrid está más ruidoso e inquieto,  prefiere mantener una sorda conversación con Vicente Calderón  que respirar el silencio del Retiro. Las gotas se desploman sin gracia en la Avenida Salamanca,  el mármol se ha secado en Neptuno  y las butacas vaciado en Valle Inclán. El humo del café ya no baila y las agujas caminan descoordinadas en la puerta del Sol. Ninguna línea de metro se detiene y las estaciones ya no reciben besos desesperados. En el Prado, el Greco se ha convertido al modernismo,  y en el Pardo la policía lleva a cabo un desalojo. En Carabanchel, Manolito ha sido extraditado  y la agencia T.I.A mantiene el orden en la capital. En el congreso de los diputados solo se oyen los rugidos de los dos gatos pardos devorando a sus inquilinos. Las torres parecen sostener el cielo que siquiera se refleja en el Manzanares. Este año no te veo Madrid, ni te pienso. Este año vago entre conversaciones de cortesía, sin dejarme...

Billete solo de ida.

Qué perdida estás, o qué lejos de casa. Solo ha pasado una estación, y parece como si el tren hubiera finalizado su trayecto. Aun así esta vez no he saltado, por mucho que haya aumentado su velocidad, esta vez las conversaciones de conveniencia y el paisaje inglés eran la perfecta combinación para el ritmo de los ejes. A pesar de no saber en qué punto del mapa estoy, de haber escogido el trayecto más largo o de haber sufrido un descarrilamiento, merece la pena ver como el mar de nubes a su paso se desvanece, y con él, las ciudades que se apagan, en una vieja locomotora oscurecida por el carbón, fotografiada e inmortalizada en los museos de los visitantes más extravagantes, (esos que solo compran billetes de ida). Una vieja locomotora, producto de su pasado y penitencia de su futuro. Impuntualmente segura, y plácidamente perdida y lejos de casa.

30 de octubre de 2014.

Me podría perder en un bosque, mi bosque, de esos que guardan una bestia por cada árbol, de esos que no aparecen en los mapas. Sin embargo, me atrae más la idea de correr a través de uno real,  donde pueda clarificar mis ideas, y dejar la mente en blanco,  o tratar de averiguar mis coordenadas.  Tan pronto como la naturaleza se abre camino por entre los pinos, aquí arriba parece que se trata de un zarzal,  cuyas ramificaciones me sujetan apresuradas,  pidiendo que nos situemos en el mapa para ir a un punto preciso. ¿Acaso hay sendas en el espacio? ¿Trenes que crucen el vacío? Vamos a ninguna parte, y no hay nadie que nos acompañe. ¿Entonces quién esperas que espere?  ¿Quién sabrá que he llegado sino yo? Sin aliento me doy cuenta de que vuelvo mas enlodada y desorientada de lo que partí,  y aun tengo que señalizar esta ruta,  en la que me encuentro aun estando perdida,  y en la que...

Buenas noches, permítanme que me presente.

Llegué tarde. Sí. Llegué tarde y me quedé con la peor parte. El día que llamaron a repartir, el sueño me entretuvo en uno de nuestros incoherentes coloquios. Llegué desarmada, esperando recibir allí mi nueva sombra, y aun con la respiración desbocada, escuché expectante mi sentencia: En primer lugar, de mis progenitores, adquirí el miedo altivo y la gula austera. Por suerte o por desgracia, la paciencia les acompañaba. De sus antecesores, heredé el agobio egoísta y la pasión convencional. De sus hermanas, la soberbia anarquista, y de sus hermanos la avaricia sibarita. No eramos muchas a repartir, aunque tampoco teníamos muchos a los que cobrar. Estos bienes me fueron entregados paulatinamente, a medida que llegaban, yo intentaba darles forma, o al menos un poco de gracia, pero mis intentos por malearlos fueron en vano, y se resistieron, como cualquier raíz estrecha hasta el más vasto de los suelos. El día que llamaron a repartir llegué tarde, y me dejaron con lo peor de ca...