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Ruinas.

La noche se expandía y cubría nuestros cuerpos desnudos, caía insonora sobre nosotros. Nos enredamos, nos perdimos, no nos encontramos. Nos rozamos y erosionamos. Hacía frío y no desprendíamos calor. La noche caía sobre dos almas que ya no se fundían. El sueño no era más que un mero recuerdo. Al igual que los días calurosos, las miradas esperanzadoras y las sonrisas entusiastas. Los relatos de vidas pasadas ya habían sido contados, las sorpresas desveladas y las manos se cruzaban desinteresadas. El amanecer ya solo parece despertar desinteresado, acompaña el café que se enfria esperando unos labios que besar, escucha excusas planeadas la noche antes y atestigua un distante abrazo de dos almas que se están olvidando.

Primer asalto.

Era un sábado más de una noche más de verano. No esperaba que seguiría recordándola después de cinco años. Seré breve. Ya eran más de las tres cuando me agarraste del brazo y me susurraste mientras una sonrisa se revelaba a tus mejillas: "Cómo siento que ya no estés con Gato". "Estábamos tirando de una cuerda en direcciones opuestas", contesté. "Eres preciosa", me insultaste. Ya eran más de las cinco cuando detuviste mi paso, de nuevo con una retahíla de insultos haciendo referencia a mi físico y personalidad. "¿Quién no se va a enamorar de ti?" “Inconsciente", pensé, "estás realmente desesperado". A día de hoy sigo arrepintiéndome de no pensar más veces en voz alta. La música enmudecía al ritmo del amanecer y las madrigueras se preparaban para recibir una fauna de lo más variopinta, pero ambos seguíamos de pie sobre unas tablas de lo absurdo. "Te acompaño a casa", sentenciaste. "Literalmente vamos en...

25IV

¿Por qué la lluvia no cae en una métrica verticalidad? Mientras muevo el taburete hacia la mitad del balcón escucho la banda sonora que ha acompañado el día. Tomando la posición de bajo, el agua recorre las tres cañerías que serpentean por la fachada. Una vez vuelvo a mi posición inicial, resguardo Verónika decide morir bajo mi sudadera. Mirada al frente me pregunto si todos esos papeles con dibujos y palabras de ánimo tienen algún valor para esta lluvia. La vecina del edificio color arena está a la espera de que lleguen las ocho. Yo tampoco sabía que hoy no se aplaudía. Dos pisos por debajo se desvela una figura que no había visto antes, un hombre con una camiseta de un equipo de fútbol que, como de costumbre, desconozco. Acompaña la lluvia con el humo de su cigarro. Hoy el periquito no ha cantado, pienso. Y sólo canta en soledad. Eva responde al mensaje que le envié, no recuerdo qué día ni a qué hora de la madrugada. Ya había olvidado ese cruce de ideas. ¿Realmente he ll...

27III

Hace 4 años, una noche de quintos, estaba rodeada de unas cinco personas, entre ellas mi amiga francesa del Erasmus Ariana. Hace 4 años, una noche de quintos, me había dado por vencida. ¿Cómo era posible que en medio año hubieran cambiado tanto? ¿O hubiera cambiado yo? Me sentía más lejos de casa que nunca. Hace cuatro años, una noche de quintos, lo último que anhelaba era un corazón por el que mi estómago latiese más deprisa. ¿No había cumplido ya tres angustiosas condenas? La vida en Inglaterra era mucho más fácil. Amores baratos de apenas unas horas. Sin presentaciones, sin dirección postal. Sin cerrar los ojos pero sin cruzar miradas. Hace cuatro años, una noche de quintos, en el pueblo más alto de la sierra se oía más francés que español. "Pero él tiene acento belga", me decía Ariana. Hace cuatro años, una noche de quintos, después de desacreditar la televisión española, te dirigiste a mi con un gesto de aprobación. Hace cuatro años, una noche de quintos,...

El fin de la cuarentena.

Al igual que espero que nadie lo lea, tampoco espero que nadie lo entienda. Antes de nada, me declaro inconformista e incongruente: por ser presa entre cuatro paredes y añorar la cárcel del exterior. Hoy, 24 de marzo de 2020, me debato entre la angustia de un estado de alarma y la terrorífica vuelta a la cotidianidad. Calles abarrotadas que celebren el fin del toque de queda, nubes que se formen por el calor del gentío, un cielo ennegrecido que preceda la tempestad. La primeras gotas se cruzan, en el aire se acarician, y retozan en las baldosas. Pero aún quedan dos semanas, que desde la ventana parecen una eternidad, en la hoja un suspiro y en mis ojos una amenaza.

Penélope.

Clavas tus huellas en la arena y los ojos en el horizonte, como Penélope esperando a un Ulises que se ha enamorado de mar. No sé cuánto lleva varado tu barco, balanceándose al ritmo del baile entre la figura que se hunde y se funde con el mar. Ni tu iris consigue engañarle esta vez, puesto que la profundidad ha absorbido la luz. Las olas, aunque superficiales, me arrastran y mis ojos inundados ya no consiguen ver la mano que has arriesgado para sacarme de aquí. No mereces que te arrastre. No mereces sufrir el llanto de una sirena. ¿Hasta cuando vas a seguir esperando en tierra firme?, ¿No ves que la marea ya no late a un ritmo constante? No dejes que te arrastre, Penélope, no te enamores de este mar.

Marte.

No recuerdo absolutamente nada. No puedo responder, porque su silueta no es más que una figura borrosa ahora. Recuerdo que nos topamos hace ya 23 inviernos, sus pómulos sonrojados eran producto de una nevosa tarde en la que sus ojos decían vislumbrar un futuro esperanzador. Pero no recuerdo de qué color eran. Creció tal y como la criaron, con la misma melodía ensordecedora que enmudecia cualquier otra canción. Y poco a poco, se iba moldeando de acuerdo con los susurros que escuchaba. Poco más puedo describir, anhelo una mirada curiosa y la luna reflejada en ella. Y ahora es solo eso, un mero recuerdo, una serpenteante sombra que avanza asustada entre multitudes, que en el firmamento no busca (a)marte. Ya no se asoma en los reflejos, ni responde al sonido del eco. No habla por las noches y recoge las huellas que se desprenden a su paso. No puedo responder por ella, porque no sé quién es, no recuerdo quién fue.