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Entradas

25IV

¿Por qué la lluvia no cae en una métrica verticalidad? Mientras muevo el taburete hacia la mitad del balcón escucho la banda sonora que ha acompañado el día. Tomando la posición de bajo, el agua recorre las tres cañerías que serpentean por la fachada. Una vez vuelvo a mi posición inicial, resguardo Verónika decide morir bajo mi sudadera. Mirada al frente me pregunto si todos esos papeles con dibujos y palabras de ánimo tienen algún valor para esta lluvia. La vecina del edificio color arena está a la espera de que lleguen las ocho. Yo tampoco sabía que hoy no se aplaudía. Dos pisos por debajo se desvela una figura que no había visto antes, un hombre con una camiseta de un equipo de fútbol que, como de costumbre, desconozco. Acompaña la lluvia con el humo de su cigarro. Hoy el periquito no ha cantado, pienso. Y sólo canta en soledad. Eva responde al mensaje que le envié, no recuerdo qué día ni a qué hora de la madrugada. Ya había olvidado ese cruce de ideas. ¿Realmente he ll...

27III

Hace 4 años, una noche de quintos, estaba rodeada de unas cinco personas, entre ellas mi amiga francesa del Erasmus Ariana. Hace 4 años, una noche de quintos, me había dado por vencida. ¿Cómo era posible que en medio año hubieran cambiado tanto? ¿O hubiera cambiado yo? Me sentía más lejos de casa que nunca. Hace cuatro años, una noche de quintos, lo último que anhelaba era un corazón por el que mi estómago latiese más deprisa. ¿No había cumplido ya tres angustiosas condenas? La vida en Inglaterra era mucho más fácil. Amores baratos de apenas unas horas. Sin presentaciones, sin dirección postal. Sin cerrar los ojos pero sin cruzar miradas. Hace cuatro años, una noche de quintos, en el pueblo más alto de la sierra se oía más francés que español. "Pero él tiene acento belga", me decía Ariana. Hace cuatro años, una noche de quintos, después de desacreditar la televisión española, te dirigiste a mi con un gesto de aprobación. Hace cuatro años, una noche de quintos,...

El fin de la cuarentena.

Al igual que espero que nadie lo lea, tampoco espero que nadie lo entienda. Antes de nada, me declaro inconformista e incongruente: por ser presa entre cuatro paredes y añorar la cárcel del exterior. Hoy, 24 de marzo de 2020, me debato entre la angustia de un estado de alarma y la terrorífica vuelta a la cotidianidad. Calles abarrotadas que celebren el fin del toque de queda, nubes que se formen por el calor del gentío, un cielo ennegrecido que preceda la tempestad. La primeras gotas se cruzan, en el aire se acarician, y retozan en las baldosas. Pero aún quedan dos semanas, que desde la ventana parecen una eternidad, en la hoja un suspiro y en mis ojos una amenaza.

Penélope.

Clavas tus huellas en la arena y los ojos en el horizonte, como Penélope esperando a un Ulises que se ha enamorado de mar. No sé cuánto lleva varado tu barco, balanceándose al ritmo del baile entre la figura que se hunde y se funde con el mar. Ni tu iris consigue engañarle esta vez, puesto que la profundidad ha absorbido la luz. Las olas, aunque superficiales, me arrastran y mis ojos inundados ya no consiguen ver la mano que has arriesgado para sacarme de aquí. No mereces que te arrastre. No mereces sufrir el llanto de una sirena. ¿Hasta cuando vas a seguir esperando en tierra firme?, ¿No ves que la marea ya no late a un ritmo constante? No dejes que te arrastre, Penélope, no te enamores de este mar.

Marte.

No recuerdo absolutamente nada. No puedo responder, porque su silueta no es más que una figura borrosa ahora. Recuerdo que nos topamos hace ya 23 inviernos, sus pómulos sonrojados eran producto de una nevosa tarde en la que sus ojos decían vislumbrar un futuro esperanzador. Pero no recuerdo de qué color eran. Creció tal y como la criaron, con la misma melodía ensordecedora que enmudecia cualquier otra canción. Y poco a poco, se iba moldeando de acuerdo con los susurros que escuchaba. Poco más puedo describir, anhelo una mirada curiosa y la luna reflejada en ella. Y ahora es solo eso, un mero recuerdo, una serpenteante sombra que avanza asustada entre multitudes, que en el firmamento no busca (a)marte. Ya no se asoma en los reflejos, ni responde al sonido del eco. No habla por las noches y recoge las huellas que se desprenden a su paso. No puedo responder por ella, porque no sé quién es, no recuerdo quién fue.

¿Que por qué te odio?

Seis de la mañana y aún puedo transportarme a aquel recuerdo. Aquella noche ya era consciente del rumbo que tenías en mente, y te seguí hasta quedarme dormida. Cuando por fin llegamos, mi corazón se detuvo en un incesante y estridente redoble de tambor - no voy a mentir, mi inocencia se alegró de que nos perdiéramos-. Y cayó la noche el 7 de diciembre, y con ella llegó mi mayoría de edad, para callar lo que en tres meses habíamos compartido. Y el invierno y el nuevo año incendiaron lo que en primavera se apagó. Por una temporada, los hábitos se desnudaron hasta desvanecerse. Pero el verano, supondrás, despertaría nuestro letargo. No. Desperté al lado de un completo desconocido que leventaba la vista cuando el sol se reflejaba en su tez oscura, y que, tan valiente como yo, no se atrevió a detener su paso. Y ahí acabó todo, - a excepción de la tentación cuando es reprimida, a excepción de la búsqueda de calor cuando hace frío - casi dos años después de que compartiésemos ese l...

No te escondas detrás de un niño.

Suplico una tregua, Suplico una tregua para esta noche, Que en busca de aliento, He sufrido una emboscada. ¿Por la espalda? No. De lleno en el corazón, serpenteando por cada una de las cavidades hasta estallar en mil pedazos mi cavidad respiratoria. Como si se tratase de un duelo de cualquier pelicula antigua de Eastwood, frente a frente. Mis armas contra las suyas, que además incluyen un señuelo. Y entre medias un falso apaciguador, similar a una veleta un día de temporal, se sitúa detrás mío clamando haberse posicionado. Y lo estabas. Detrás mio. Cubriendo mi espalda. Parecia otra de nuestras múltiples hazañas. Parecía. Esta vez no. Desde la espalda me has arrancado lo que me distinguia de ellas. Y lo has destruido, como la pieza del rey desplomándose sobre el tablero. Desarmada, he perdido. Habéis ganado, si le he perdido.